martes, 27 de enero de 2015

CUARENTA DÍAS DE LLUVIA: ANNA (2/3)

A Anna le encanta hacer el amor por las mañanas. Los días que libra se despierta tarde, perezosa. Desayuna, fuma un cigarro y se sumerge en la bañera. Allí da rienda suelta a sus pensamientos. Cuando vive épocas complicadas o tiene cotidianidades que atender, no puede reprimir su genio. Maldice, a veces en voz alta, aunque nadie le escuche. Se acuerda de lo más sagrado y llama a su madre para quejarse amargamente de lo mal que le va la vida allí sola, en esa casa de tres habitaciones que tenía que ser para una familia, y que mora desde hace dos años. Quiere cambiarse pero le produce un enorme desasosiego afrontar una mudanza. O así se justifica cuando sus dos hermanas insisten en sacarla de aquel barrio empobrecido y echar el candado a la última cosa que le queda en común con el idiota de Óscar, aquel camello de barrio que llegó a policía local y que desapareció cuando Anna entró en depresión tras realizarse unas pruebas médicas y saber que no podría quedarse embarazada. Sobrevivió al bache gracias a los amigos y a una enorme voluntad por afrontar los dos últimos cursos de Medicina. Volcó toda su frustración en la sala de una biblioteca pública y consiguió ser médico residente en un hospital público. El diseño ideal, el juego completo con el que responder a las expectativas creadas, salvo por aquellas paredes que olían a Óscar y sus habitaciones vacías, que tanto había soñado con llenarlas de cunas, cambiadores y juguetes.

Cuando está tranquila, Anna sabe que hace pagar demasiado caro a su madre todos sus malos ratos. No comprende por qué razón siempre acaba siendo el objeto de sus iras personales. Trata de racionalizarlo. Pero en el momento de mayor frustración, siempre marca el teléfono de la casa que le vio crecer para poner el cuerpo del revés a una mujer que alcanza los sesenta años con una salud delicada, que no tuvo la mejor vida posible, y que siempre trata de desarmar a su hija con una sonrisa triste, profunda, abnegada, pero continua.

Otros días, Anna consigue darse ese baño sin reparar en conflictos o disgustos. Entonces, más relajada, deja volar su imaginación. Y, como si lo esperara, le sobrevienen todas sus fantasías sexuales. El morbo maneja su mano, bien para acariciarse ideando cualquier escenario en la cabeza, bien para tomar el teléfono y llamar a su vecino, como llama coloquialmente a un hombre algo más joven que ella, con el que ha entablado una relación esporádica, desprovista de total compromiso, pero placentera para ambos. Solo han de coincidir. Y esa mañana, Anna opta por humedecer la pantalla táctil del móvil para escribir un mensaje al muchacho. Un rato después, él se sumerge entre sus piernas llevándole a ese infinito íntimo, personal, en el que una decide morderse los labios y cerrar los ojos, como si nadie en el mundo pudiera sentir lo mismo.

Vuelve a ducharse, se prepara una ensalada, come con el ordenador portátil encendido sobre la mesa del comedor y el sonido de la televisión de fondo, y se echa una siesta ligera. No sueña. Por hoy, no es necesario. Dos horas después, se pone esa estrafalaria indumentaria para correr por la calle que incluye zapatillas, mallas negras, camiseta transpirable, gafas de sol, pelo recogido, pulsera retro-reflectante, medidor de pulsaciones, bidón de agua, cascos y ipod, y sale a dar zancadas por las calles del barrio como si la vida le fuera en ello.

Unos minutos después, un grito penetra en su oído asaltando el alegórico final de "Present Tense" de Pearl Jam. Se gira y detiene sus pies. Un hombre mayor, desde una bocacalle cercana, pide ayuda a gritos. Corre hasta él sin dudarlo. No piensa en qué puede encontrar. No maneja el concepto del miedo como el resto de los mortales. Anna solo teme el silencio prolongado de las paredes de su casa. Convive con enfermedades, ve morir pacientes jóvenes, a menudo da las peores noticias de sus vidas a familiares angustiados que buscan en sus ojos una salvación que no llega. Su piel se ha endurecido, pero su corazón es más frágil. Ahora duerme abrazada a una almohada y procura ayudarse de relajantes musculares para conciliar el sueño más profundo. Hace ejercicio para agotarse, para que su cabeza no dé vueltas. Y se siente útil solo cuando consigue ayudar a alguien.

Encuentra a aquel hombre con las manos sobre la cabeza. Varios vecinos asomados por la ventana. Otro, que se aproxima, marca con su teléfono al servicio de urgencias. Pero la doctora ya ha llegado. Una muchacha, adolescente, parece haber caído por una ventana. Está en parada cardiorespiratoria. Solo cabe actuar de forma decidida y hacer un brindis al sol para conseguir reanimarla mientras llega una UVI móvil. Ni siquiera repara en la pierna desencajada que el hombre que colabora con ella trata de no mirar para controlar su ansiedad. Llora como si fuera su hija, aunque no la conoce de nada. Unas vecinas comentan el nombre de la chica, hay un revuelo de voces a su alrededor, pero Anna ignora todos los comentarios. Sigue obcecada en dar vida a quien parece haberla perdido, sin reparar en causas, en motivaciones o en responsables.

Cuando llega la ambulancia, la chica vuelve a respirar. El médico da la enhorabuena a Anna, quien además recibe un inesperado abrazo del hombre que descubrió a la muchacha. Es entonces, cuando ha de marcharse de allí, cuando ya no tiene sentido seguir corriendo porque se siente agarrotada, cuando cae en la cuenta de lo que ha hecho, de lo que ha servido escoger ese recorrido al azar aquella tarde de octubre. Sube las escaleras de casa como quien asalta el cielo. Busca desplomarse sobre el sofá, y siente ganas de llorar.

Entonces coge el teléfono y llama a su madre. Sí, es cierto, siempre es su escudo. Siempre le llena la cabeza de preocupaciones. Siempre le cuenta lo mal que le va, lo desafortunada que es, lo que le duele su soledad, sus dificultades para ser madre, su mala estrella. Siempre habla, pero nunca escucha. Nada sabe del sufrimiento de aquella mujer que pena en silencio las tristezas de su hija, tratando de responder asertiva, positiva, hasta que cuelga el teléfono y queda anulada por el desasosiego.
  • ¿Qué te pasa, hija? ¿Estás llorando?
  • Sí, mamá. Pero no te preocupes. Hoy no. Hoy estoy muy feliz y solo quería que lo supieras. Te quiero, mamá. 
Cuelga el teléfono. Respira hondo. Sonríe. Se abraza a un cojín y cae rendida. Mañana le espera una larga jornada de trabajo.



(La primera parte de este relato se llama Rabia, y se puede leer aquí)

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